08/06/2026
Mis 50’s 😌
A veces escucho a los jóvenes decir que las mujeres de más de cincuenta somos intensas, que todo queremos resolver a nuestra manera, que damos consejos aunque no nos los pidan y que creemos tener respuesta para todo. Y yo me río. No porque sea mentira, sino porque si hubieran vivido un ratito en nuestra época, entenderían de dónde salió ese carácter.
Nosotras crecimos cuando la tecnología era gritarle al hermano desde el patio para que fuera por las tortillas. Cuando para cambiarle de canal a la televisión no existía control remoto; el control remoto eras tú. Te levantabas, le dabas vuelta a la perilla y regresabas corriendo antes de perderte la novela.
Si querías hablar con alguien, no le mandabas un mensaje. Le hablaban a la casa y contestaba toda la familia antes de llegar a la persona correcta. La privacidad era un lujo que no conocíamos.
Nos perdíamos en la calle y no existía ninguna aplicación que dijera “recalculando ruta”. Había que preguntar. Y si te daba pena preguntar, pues te seguías perdiendo hasta que aparecía una señora en una puerta que te decía: “¿A dónde vas, hija?” y te acomodaba la vida.
Las tareas no se hacían copiando y pegando. Había que ir a la biblioteca, buscar libros que pesaban más que uno y rezar para que nadie hubiera arrancado la página que necesitabas.
Y cuando uno se enfermaba, antes de correr a buscar información en internet, aparecía la abuela con un té que sabía a castigo divino. Nadie sabía exactamente qué contenía, pero te lo tomabas porque la otra opción era escucharla decir: “Pues entonces no te quejes.”
Las mujeres de hoy hablan de estrés digital. Nosotras conocimos el estrés de llegar a fin de mes con una calculadora, tres monedas y una fe inquebrantable.
Ellas tienen aplicaciones para organizar su día. Nosotras teníamos una libreta, una memoria entrenada a la fuerza y una vecina que siempre sabía qué estaba pasando en toda la colonia.
Hoy se agenda una videollamada. Antes se organizaba una reunión familiar con un mensaje que iba pasando de boca en boca y, milagrosamente, todos llegaban.
Y no se trata de decir que antes era mejor. Para nada. La vida era más complicada en muchas cosas. Había menos información, menos oportunidades y menos ayuda disponible. Pero también aprendimos a resolver sobre la marcha, a improvisar, a no detenernos porque no hubiera manual de instrucciones.
Por eso a veces parecemos impacientes. Porque venimos de una generación que arreglaba la antena de la televisión con papel aluminio, que golpeaba el aparato cuando fallaba y que, sorprendentemente, muchas veces funcionaba.
Así que cuando una mujer de más de cincuenta te diga: “No pasa nada, ya veremos cómo lo resolvemos”, no es terquedad. Es experiencia. Es la voz de alguien que sobrevivió a teléfonos con cable, recetas escritas en servilletas, mapas de papel, filas interminables, chamacos inquietos, recibos vencidos y mil problemas más.
Y aquí seguimos.
Con algunas arrugas, una que otra cana, muchos remedios caseros y un doctorado honorario en resolver la vida con lo que hubiera a la mano. Porque si algo nos enseñó nuestra época, es que aunque faltaran herramientas, nunca faltaban ganas de salir adelante. Y eso, chingao, también tiene su mérito.
☕️🪻🍂©️ Milka MagTorre