Alejandro Yela

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  || ADIÓS AMIGO JOSÉ DOMINGOHoy recordé un refrán que escuché casi al pasar, como quien oye algo cotidiano sin saber qu...
31/03/2026

|| ADIÓS AMIGO JOSÉ DOMINGO

Hoy recordé un refrán que escuché casi al pasar, como quien oye algo cotidiano sin saber que le cambiará el día: “Todo acaba por servir, y todo por servir se acaba.” Nunca lo había sentido tan real… ni tan doloroso.

Lo recordé porque mi mejor amigo, José Domingo —“el chino”, como le decíamos con cariño—, ya no está. Murió de forma repentina. Durante un procedimiento médico que lamentablemente se complicó.

Y desde entonces, ese refrán dejó de ser una simple frase popular para convertirse en una pregunta abierta, incómoda, casi espiritual:
¿Eso es todo? ¿Ese es el final de quien vive sirviendo?

José Domingo fue de esas personas que no hacen ruido, pero sostienen vidas.

En la última década de su vida sirvió a Dios con una entrega que no se improvisa. No fue apariencia, no fue discurso. Fue presencia. Estuvo ahí cuando se le necesitaba, dio consejos cuando alguien estaba perdido, extendió la mano incluso desde su propio bolsillo cuando otros no podían más. Tocó muchas almas.

Y dejó algo que no todos logran dejar: un buen recuerdo… y un buen legado.

Pero hay algo que ahora, en su ausencia, pesa más que todos esos recuerdos: Nadie sabe cómo estaba él por dentro. ¿Era grave su padecimiento? ¿Se sentiría mal repentinamente? ¿Llevaba su proceso en silencio?

Porque hay una verdad silenciosa que rara vez se dice en voz alta: los que más sirven… muchas veces son los que menos muestran sus propias heridas.

Son refugio para otros, pero no siempre tienen dónde refugiarse. Son luz para muchos, pero nadie se pregunta si esa luz también se está consumiendo.

Ese es el punto donde el refrán se vuelve incómodo.

Porque es así, todo lo que sirve se desgasta.
Un cuerpo, una mente, un corazón. Pero cuando llevamos esa idea a la vida de una persona, corremos el riesgo de reducirla a una función: servir… hasta acabarse.

Y José Domingo no fue una herramienta. Fue un ser humano.

Con cansancios que quizás nunca dijo. Con batallas que probablemente peleó en silencio. Con necesidades que tal vez no supo cómo expresar… o que nadie supo cómo ver.

Y ahí es donde nace la pregunta que más duele: ¿Estuve yo para él como él estuvo para mí?

Es una pregunta que llega tarde, como casi todas las preguntas importantes en la vida.
Y no viene con respuesta clara, sino con una sensación profunda de haber querido hacer más… de haber querido ver más.

Pero también hay que decir algo con honestidad:

El amor no siempre sabe cómo hacerlo mejor. Hace lo que puede con lo que tiene. Y dentro de todo eso, yo estuve. No perfecto, no siempre, no como ahora me gustaría haber estado… pero estuve. Y eso también es verdad.

Quizá el error no está en servir… sino en olvidar que incluso los que sirven necesitan ser cuidados. Porque hay personas que parecen fuertes no porque no necesiten ayuda, sino porque nunca aprendieron a pedirla. Y nosotros, desde afuera, confundimos su fortaleza con autosuficiencia.

Hoy entiendo que ese refrán, aunque sabio, está incompleto. Porque no todo el que se desgasta sirviendo termina sin servir. Hay vidas que, aun después de apagarse, siguen dando luz.

José Domingo sigue sirviendo. Sigue vivo en los consejos que dejó, en las personas que ayudó, en las decisiones que influyó, en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de conocerlo.

Sigue presente… incluso en este dolor.

Tal vez la verdadera enseñanza no es que todo se acaba al servir. Tal vez es otra: Que debemos aprender a mirar más allá de la superficie. A no dar por sentado a quienes siempre están. A preguntar, a escuchar, a acompañar… incluso a los que parecen no necesitarlo.

Porque a veces, los pilares también se agrietan. Y nadie lo nota… hasta que es demasiado tarde.

Hoy no tengo todas las respuestas. Solo tengo recuerdos, preguntas… y gratitud.

Gratitud por haber tenido un amigo que supo estar. Y una convicción que nace del dolor, pero que quiere convertirse en algo más.

Hay vidas que no se miden por cuánto duraron… sino por a quién alcanzaron antes de partir. Y José Domingo a mí me alcanzó, me ayudó, me aconsejó, me apoyó, y estuvo conmigo en las buenas y en las malas hasta su final.

Que su vida no sea solo un recuerdo… sino una enseñanza viva. José Domingo sirvió a su prójimo, sí. Pero más que eso… amó a su prójimo. Y quizá ahí está la diferencia que cambia todo.

“Nadie tiene mayor amor que este: que uno ponga su vida por sus amigos.” — Juan 15:13

Escrito por Alejandro Yela para Misioneros del Cosmos Podcast.

  || LA RESURRECCIÓN NO ERA SOLO DE ÉLEn mi colonia, cuando yo era joven, vivía una familia de Testigos de Jehová. No ér...
30/03/2026

|| LA RESURRECCIÓN NO ERA SOLO DE ÉL

En mi colonia, cuando yo era joven, vivía una familia de Testigos de Jehová. No éramos iguales en doctrina, ni en costumbres, ni en formas de entender a Dios… pero había algo que sí compartíamos sin saberlo: la búsqueda.

Uno de sus integrantes, un niño de unos once años, se convirtió en mi alumno de guitarra. Se llamaba Jim Brian. Cada mes llegaba a mi puerta no solo con acordes por aprender, sino con algo más: las revistas Despertad y La Atalaya. Las traía con una fidelidad que hoy entiendo como un acto de amor, no de insistencia.

Yo las recibía. A veces las leía. A veces no tanto. Pero él siempre volvía.

Y siempre preguntaba. —¿Qué aprendiste de lo que te traje?

No era una pregunta incómoda. Era una pregunta honesta. Era la forma en que un niño cuidaba de otro, sin darse cuenta.

Con el tiempo, yo adopté una costumbre muy personal: durante la Semana Santa leía el Evangelio de Mateo. No lo hacía por obligación, sino por necesidad. Había algo en esas páginas que me confrontaba, que me hablaba más allá de las palabras, como si alguien estuviera intentando tocar una puerta que yo todavía no sabía cómo abrir.

Un día, Jim Brian me hizo una pregunta distinta. Una de esas que no se olvidan.

—¿Vos cuál creés que es el verdadero mensaje de Jesús?

No respondí como alguien que sabe, sino como alguien que siente.—La resurrección. Él sonrió. No con sorpresa, sino con reconocimiento.

—Exacto, me respondió. Pero ese tema es muy profundo… porque no solo resucitó Jesús, sino que nos dio la oportunidad y la esperanza de la resurrección a todos.

Hoy, tantos años después, entiendo que ese niño no me estaba enseñando una doctrina… me estaba señalando un misterio.

Con el tiempo, la vida me ha obligado a volver a esas preguntas. No como ejercicio intelectual, sino como necesidad del alma.

¿A qué vino realmente Jesús al mundo? No vino a fundar religiones como las entendemos hoy. No vino a dividir, ni a crear jerarquías espirituales. No vino a señalar quién estaba dentro y quién estaba fuera.

Vino a algo más profundo… y más incómodo:
A mostrarnos quién es Dios cuando nadie lo está manipulando. Y a mostrarnos quiénes somos nosotros cuando dejamos de escondernos.

Vino a restaurar lo que el miedo había roto.
A reconciliar lo que el orgullo había separado.
A devolverle dignidad a todo aquello que el mundo había descartado.

Pero no lo hizo desde el poder. Lo hizo desde el amor.

Y entonces llega la Semana Santa. Para muchos, es tradición. Para otros, es descanso. Para algunos, es turismo. Pero para quien se atreve a mirar de frente… es un espejo.

Porque la cruz no es solo un evento histórico. Es una confrontación. Nos revela hasta dónde puede llegar la crueldad humana… y al mismo tiempo, hasta dónde puede resistir el amor.

Jesús no murió como un símbolo decorativo.
Murió como consecuencia de un sistema que no tolera la verdad, que teme a la compasión, que rechaza lo que no puede controlar.

Y, sin embargo… la historia no termina ahí.
Porque la resurrección no es un final feliz.
Es una declaración peligrosa. Es Dios diciendo:
la muerte no tiene la última palabra. Ni la muerte física. Ni la muerte emocional. Ni la muerte espiritual que cargamos en silencio.

La resurrección no es solo que Él volvió a vivir.
Es que nosotros ya no estamos condenados a permanecer mu***os por dentro.

Entonces, ¿qué enseñó verdaderamente Jesús? No dejó un sistema rígido. No escribió libros. No organizó estructuras de poder.

Dejó algo más difícil de sostener: Una forma de vivir. Amar sin condiciones. Perdonar sin cálculo. Acercarse al que todos evitan. Llorar con el que sufre. Sentarse con el rechazado.

Nos enseñó que Dios no está en el ruido del juicio… sino en el silencio del amor. Y que la verdadera espiritualidad no se mide por lo que decimos creer, sino por cómo tratamos a los demás.

Hoy, mientras escribo estas líneas, recuerdo a Jim Brian. Mi amigo. Mi alumno. Mi pequeño maestro. Él ya duerme en el Señor… pero su voz sigue viva en una pregunta que todavía resuena en mí: —¿Qué aprendiste?

Y tal vez hoy puedo responder mejor que antes. Aprendí que la fe no es tener todas las respuestas. Aprendí que la verdad no siempre grita… a veces susurra en la voz de un niño. Aprendí que la resurrección no es solo un evento que se celebra una vez al año… es una posibilidad que se nos ofrece todos los días.

La posibilidad de volver a vivir. De volver a amar. De volver a creer.

Porque al final, la Semana Santa no se trata solo de recordar lo que Jesús hizo… Sino de preguntarnos, con honestidad: ¿Hay algo en mí que necesita resucitar?

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté mu**to, vivirá.” — Juan 11:25

Escrito por Alejandro Yela para Misioneros del Cosmos Podcast.

  || VIDA NADA ME DEBES, VIDA ESTAMOS EN PAZVivimos en una cultura que mide la plenitud con reglas fijas: casarse, tener...
12/02/2026

|| VIDA NADA ME DEBES, VIDA ESTAMOS EN PAZ

Vivimos en una cultura que mide la plenitud con reglas fijas: casarse, tener hijos, formar una familia, dejar descendencia. Quien no cumple ese itinerario suele ser mirado con sospecha, con lástima o con silenciosa incomprensión. Como si la vida solo pudiera justificarse siguiendo un molde único, como si la dignidad dependiera de cumplir expectativas ajenas. Como si la vida fuera un libreto de película, el cual todos debemos de seguir a cabalidad para cumplir con los protocolos sociales.

Yo no me casé. No porque no haya amado la idea del amor, sino porque crecí con una imagen muy clara de lo que ese amor significaba. Mi padre me dijo un día que la mujer correcta debía ser una extensión de nuestra madre. No lo dijo desde el machismo vulgar, sino desde su manera de entender el cuidado: alguien que alimentara, protegiera y amara sin reservas, como lo hizo ella.

Mi madre era noble, sencilla, de buen corazón. Amaba de forma completa, sin cálculo ni condiciones. Y nunca encontré a alguien que amara así. Tal vez busqué mal. Tal vez busqué donde no era. Pero lo intenté. Y una y otra vez me encontré con amores a medias, con afectos que se administraban según el interés, con vínculos donde el “yo” pesaba más que el “nosotros”.

Tampoco tuve hijos. No por falta de deseo, sino por exceso de conciencia. Nací con una patología muscular que marcó mi cuerpo y mi alma. He sufrido profundamente por sus secuelas, visibles e invisibles. Y no quise que otro ser humano cargara un dolor que yo apenas he logrado aprender a sostener. Traer vida al mundo no es un acto romántico: es una responsabilidad sagrada. Y yo supe, con honestidad, que no podía formar ni sostener la vida de alguien más sin traicionarme.

Esto no fue fácil. Hubo años de duelo silencioso. Años en los que lloré al ver cómo los demás avanzaban: se casaban, tenían hijos, construían hogares. Eran “normales”, mientras yo solo miraba por la ventana. Y esa diferencia dolía más que cualquier diagnóstico.

Con el tiempo comprendí algo que no suele decirse en voz alta: no toda soledad es abandono, y no toda compañía es salvación. Hay caminos que no se eligen, pero se asumen. Hay destinos que no se celebran, pero se honran. La madurez no siempre consiste en lograrlo todo, sino en dejar de pelear con lo que no fue.

Hoy no hablo desde la amargura ni desde la resignación. Hablo desde una paz sobria, sin ruido. He aceptado mi proceso, mi historia y mi destino. He aprendido que una vida no se mide por lo que exhibe, sino por la verdad con la que se vive. Y que también hay plenitud en no haber tenido, cuando el “no” nació del amor, de la conciencia y de la responsabilidad.

No todos estamos llamados a dejar herencia de sangre. Algunos dejamos testimonio. Otros dejamos silencio. Otros dejamos una forma honesta de estar en el mundo.

Y al final, cuando la vida ya no exige explicaciones, solo queda decirle, con la paz del poeta mexicano Amado Nervo, con la serenidad de quien ha hecho las paces con su historia:

Vida, nada me debes...
Vida, estamos en paz...

Escrito por Alejandro Yela para Misioneros del cosmos Podcast.

  || DISTROFIA MUSCULAR: Elegir la vida contra todo pronósticoNací con un cuerpo que no respondía como se esperaba. Mien...
06/02/2026

|| DISTROFIA MUSCULAR: Elegir la vida contra todo pronóstico

Nací con un cuerpo que no respondía como se esperaba. Mientras mis primos, de edades similares, se movían con naturalidad, yo permanecía quieto, como si mi cuerpo aún no hubiera recibido la noticia de que la vida ya había comenzado. Mi madre fue la primera en notarlo. Las madres siempre son las primeras. No hizo falta un manual ni un diagnóstico sofisticado: bastó el instinto.

El veredicto médico llegó pronto y fue brutal en su simpleza: no viviría más de un año. Así, sin metáforas. Sin rodeos. Sin promesas.

En aquel entonces —años en los que la medicina aún no contaba con los avances actuales— el diagnóstico de distrofia muscular era casi una sentencia. Durante gran parte del siglo XX, estas enfermedades neuromusculares se comprendían poco, se clasificaban de forma imprecisa y se trataban, en muchos casos, solo con medidas paliativas. No existían terapias respiratorias avanzadas, ni protocolos cardiológicos claros, ni estudios genéticos que permitieran entender con exactitud qué estaba ocurriendo dentro del cuerpo.

Se hablaba de distrofia muscular como quien nombra un límite. No se hablaba de adultez, ni de futuro, ni de esperanza prolongada.
Se hablaba de tiempo.

Pero nadie le explicó eso a mis padres.
Mi padre decidió trabajar doble turno. No para desafiar a la ciencia, sino para acompañarla hasta donde pudiera llegar. Pagó terapias físicas cuando no había garantías, solo fe. Compró una pelota grande, naranja, desproporcionada para un niño tan pequeño, que se convirtió en mi primer instrumento para aprender algo tan básico y tan complejo como el equilibrio.

Mi madre, mientras tanto, trabajaba doble dentro de casa. El trabajo invisible, el que no aparece en recibos ni expedientes médicos: organizar el tiempo, sostener la rutina, llevarme a fisioterapia, creer cuando el cansancio pedía rendición.

Y entonces apareció él. El médico de mi infancia. Mi médico favorito. El hombre que Dios puso en mi camino cuando caminar parecía una palabra ajena:

Dr. Mario Enrique de León.

No era un médico de grandes discursos. Era humilde. Cariñoso. Presente. No prometió milagros espectaculares. Me ofreció algo mucho más difícil: constancia, paciencia y dignidad. Gracias a él caminé tarde —después de los dos años— lento, pero seguro. Ese caminar tardío fue, sin que yo lo supiera, el inicio de una vida que aprendería a ir siempre a contracorriente.

Cuándo regresé de Estados Unidos fuí con mi madre a visitarlo en su consultorio. El ya era un anciano. Me dijo que aunque yo ya era un adolescente, que acudiera a el en cualquier momento, por cualquier enfermedad sin lugar a dudas y sin pena. Esa fue la última vez que lo ví con vida.

Hoy el doctor ya descansa en el Señor, pero yo sigo caminando con la calidad de vida que él ayudó a construir. Cada paso que doy es, en parte, su legado.

Crecí en un mundo hostil. Una sociedad que no entiende la diferencia, pero la critica con facilidad. Donde la lentitud se confunde con incapacidad y la fragilidad con inutilidad. Ser llamado “milagro viviente” suena hermoso, hasta que uno carga el peso de lo que ese milagro costó: dolor, exclusión, esfuerzo, miedo, resistencia diaria. Porque los milagros verdaderos no caen del cielo como relámpagos repentinos. Se encarnan.
Habitan cuerpos frágiles. Se sostienen en la perseverancia, en la fe cotidiana, en la gracia que se renueva cuando las fuerzas no alcanzan.

Los milagros auténticos caminan despacio, oran en silencio, y muchas veces solo Dios conoce el precio completo que han pagado para existir.

Con el paso de los años entendí que la distrofia muscular no termina en la infancia. Es una condición que deja huellas a largo plazo, visibles e invisibles. El cuerpo aprende a compensar, a adaptarse, a resistir más de lo previsto. Pero esa resistencia también cobra factura: desgaste físico, tensión constante, secuelas sistémicas que aparecen cuando la vida ya ha avanzado.

Hoy tengo más de cuarenta años. No tengo documentación médica que precise qué tipo de distrofia muscular tuve; y mis padres, los únicos testigos, hoy ya no están. Aún así mi cuerpo conserva la memoria. Y también las secuelas.

Actualmente enfrento presión arterial alta y problemas renales. No sé si como consecuencia directa de aquella condición con la que nací o como resultado de una vida sostenida durante décadas bajo un esfuerzo que nunca fue normal. La distrofia muscular rara vez afecta solo a los músculos: con los años puede involucrar el corazón, el metabolismo, el equilibrio interno del cuerpo. Lo que sí sé es que sigo aquí. Y que seguir aquí nunca fue el plan original.

En los años en que nací, llegar a esta edad con un diagnóstico así no era probable. No era común. No era esperado. Médicamente hablando, no estaba escrito. Históricamente, no correspondía. Humanamente, sin embargo, ocurrió.

No porque la muerte se equivocara, sino porque la vida fue defendida. Por mis padres. Por un médico bueno. Y por un niño que, sin saberlo, decidió quedarse.

Por eso, cuando llegue el día en que mi historia se cierre, no quiero un epitafio grandilocuente. Quiero uno honesto. Que diga exactamente lo que fue mi vida:

"Contra todo pronóstico llegué hasta aquí.
Los doctores decían que viviría un año, pero yo viví muchos más. Dios es bueno todo el tiempo."

Escrito por Alejandro Yela para Misioneros del cosmos Podcast.

  || KOBE BRYANT: El último tiro de tresHubo un tiempo en que fui profundamente apasionado del baloncesto. Miraba los pa...
27/01/2026

|| KOBE BRYANT: El último tiro de tres

Hubo un tiempo en que fui profundamente apasionado del baloncesto. Miraba los partidos de la NBA por Canal Trece, en la televisión nacional, con aquellos presentadores de voz exagerada y narrativa cómica, tan peculiar, que convertían cada jugada en una pequeña epopeya doméstica. No entendíamos del todo las estadísticas ni las estrategias, pero entendíamos la emoción.

En los años noventa miraba los partidos de los Lakers con mi hermano Juan Pablo. Después, el juego no terminaba en la pantalla: continuaba en mi cuarto. Había construido una canasta con un pedazo de madera y unos alambres, colgada torpemente en la pared. Para proteger mi pequeña televisión, colocaba una tabla frente a la pantalla, como un escudo improvisado contra la euforia. Y así jugábamos cada tarde, hasta que el sol se rendía.

Yo esperaba con impaciencia a que mi hermano regresara del colegio Liceo Guatemala para jugar después del almuerzo. Siempre peleábamos por ser Kobe: el black mamba. El tiempo no se medía en horas, sino en lanzamientos, rebotes y discusiones infantiles sobre quién había hecho la falta.

Esa canasta se quedó colgada en el mismo lugar cuando nos mudamos de casa. Nadie la bajó. Nadie la reclamó. Quedó allí, olvidada, como quedan muchas cosas que un día fueron el centro del mundo.

En la nueva residencial, sin embargo, había un parque justo enfrente, con canchas de básquet. Contaba mi madre que mi padre eligió esa casa precisamente por eso: para que nosotros pudiéramos jugar. La casa número 46 del bulevar. No lo dijo como un gran gesto heroico, sino como quien toma una decisión sencilla movido por el amor.

Hoy entiendo que no era solo una casa bien ubicada. Era una forma silenciosa de decirnos: jueguen, sueñen, lancen al aro. Y aunque la pelota ya no rebote en mis manos como antes, cada vez que recuerdo esos días, algo dentro de mí todavía encesta.

Yo no era bueno para correr. Era torpe, lento, sin mucho equilibrio. Nunca fui el más fuerte ni el más rápido. Pero tenía algo: los tiros de lejos. Desde afuera del perímetro casi nunca fallaba. Y con eso bastaba para soñar. Soñaba que el partido estaba por terminar, que el marcador era adverso y que, a pocos segundos del final, el balón llegaba a mis manos. Yo lanzaba. Silencio. Red limpia. El equipo se salvaba. Yo salvaba al equipo.

Los años pasaron. La vida se volvió más pesada. El cuerpo menos ligero. Los sueños tomaron otras formas. Pero Kobe seguía allí, como una constante. No solo como jugador, sino como símbolo. Disciplina. Obsesión. Voluntad. La idea de que el talento sin trabajo no es suficiente. La Mamba Mentality no era arrogancia: era una ética.

El día que Kobe Bryant murió yo estaba cocinando frijoles blancos con posta de cerdo. La vida seguía en su rutina más simple. Mi hermano menor, Chrystian —también apasionado del baloncesto—, entró a la cocina para decírmelo. Mi primera reacción fue negarlo: —No puede ser posible, seguramente es una noticia falsa de la web.

Encendimos la televisión. CNN. Y allí estaba. La noticia era cierta. Algo se rompió en silencio.

No solo murió un deportista. Murió una parte de la infancia de millones. Murió ese joven que nos enseñó que incluso siendo torpe, lento o imperfecto, uno podía encontrar su lugar si trabajaba lo suficiente. Murió el hombre que nos recordó que el último tiro no siempre entra, pero que hay que atreverse a lanzarlo.

Ese día entendí que las efemérides no solo se escriben en los calendarios. También se escriben en la memoria personal, en una cocina cualquiera, con una olla al fuego y una noticia que detiene el tiempo.

Hoy se cumplen seis años de su muerte. Kobe Bryant ya no está. Pero sigue lanzando desde lejos en la imaginación de quienes alguna vez creímos que un tiro podía salvarlo todo. Y quizá, de alguna forma misteriosa, todavía lo hace.

Porque hay personas que no mueren: simplemente cambian de cancha.

“Lo más importante es tratar de inspirar a las personas para que puedan ser grandiosas en lo que sea que quieran hacer.” — Kobe Bryant

Escrito por Alejandro Yela para Misioneros del cosmos Podcast.

  || DIA MUNDIAL DE LA RESPIRACIÓN: Más vive la vida quien más aire respira.Respirar es el gesto más humilde y, al mismo...
22/01/2026

|| DIA MUNDIAL DE LA RESPIRACIÓN: Más vive la vida quien más aire respira.

Respirar es el gesto más humilde y, al mismo tiempo, el más milagroso de todos. No hace ruido, no pide permiso, no se anuncia. Ocurre. Entra y sale. Nos sostiene. Nos habita. El aire —ese huésped invisible— es la primera caricia al nacer y la última despedida al partir. Hoy, en el Día de la Respiración, recordamos lo obvio que solemos olvidar: que vivir es, ante todo, respirar.

Pasamos la vida acumulando cosas, corriendo detrás de metas, discutiendo por razones que no siempre valen el aliento que gastamos en ellas. Y, sin embargo, todo se detiene cuando falta el aire. No hay éxito que compense un pulmón cansado. No hay prisa que valga cuando el pecho se vuelve una jaula estrecha. La respiración nos devuelve a lo esencial: al ahora, al cuerpo, a la fragilidad que nos iguala.

Yo comprendí de verdad la importancia de respirar cuando mi padre enfermó de fibrosis pulmonar quística. Antes de eso, el aire era un derecho automático; después, se volvió un privilegio amenazado. Vi cómo, poco a poco, sus pulmones se fueron apagando. Al principio, eran episodios que parecían ataques de asma: la lucha silenciosa por una bocanada más. Luego vino la dependencia total de un respirador eléctrico, día y noche, como si la vida necesitara ser enchufada para continuar.

Recuerdo las visitas al médico: cargar botes de oxígeno, vigilar el manómetro con miedo, hacer fila con el corazón apretado, temiendo que el oxígeno se acabara antes de que nos tocara pasar. El aire dejó de ser invisible; se volvió contable, finito, urgente. Cada respiración era una victoria mínima. Cada exhalación, un descanso breve. Hasta que un día, finalmente, sus pulmones dejaron de funcionar.

Ahí entendí que no hay nada como estar vivos. Y que no hay nada como respirar.

Respirar es resistencia. Es fe corporal. Es el acto más democrático del mundo: ricos y pobres, creyentes y escépticos, sabios y niños, todos dependemos del mismo aire. El aire no discrimina, no pregunta, no juzga. Simplemente está. Nos recuerda que la vida no se posee, se recibe. Que no se controla, se cuida.

En un mundo que vive acelerado, hoy la respiración nos invita a detenernos. A inhalar con gratitud. A exhalar con conciencia. A honrar a quienes luchan por cada aliento y a no desperdiciar el nuestro en odios innecesarios. Porque vivir no es solo existir: es respirar con sentido.

El aire es nuestro alimento. — Aristóteles

Escrito por Alejandro Yela para Misioneros del cosmos Podcast.

  || SALIR DE MI PROPIA MATRIXDesde niño siempre tuve la manía de pensar de más. Era extremadamente metódico y perfeccio...
21/01/2026

|| SALIR DE MI PROPIA MATRIX

Desde niño siempre tuve la manía de pensar de más. Era extremadamente metódico y perfeccionista. Todo me gustaba analizarlo.

Tal era mi obsesión que siempre estuve en el cuadro de honor de mi colegio; fui abanderado muchas veces durante mi época de primaria.

Ya en la adolescencia, en Estados Unidos, superé a mis compañeros latinos en la clase de inglés y pronto fui tomado en cuenta como líder para exposiciones en grupo dentro de la clase de biología, debido a mi capacidad para dibujar a mano las diapositivas que posteriormente proyectábamos en un dispositivo de video antiguo durante la presentación.

Para lo físico y los deportes, ese ya era otro cuento: siempre fui un desastre.

Tenía una maestra afroamericana muy querida, Mrs. Quinn. Ella me decía que nunca me sintiera de menos ante mis compañeros, porque lo que no podía hacer físicamente lo podía hacer mentalmente. Muchos me admiraban por eso; me pedían ayuda en sus trabajos, pues siempre tuve la capacidad empírica de enseñar.

Fui bueno en el inglés. Fui bueno con la computación. Aprendí a programar plataformas para internet por mi cuenta, estudiando los libros de informática que mis hermanos menores llevaban del colegio.
También fui maestro de música y muy buen cocinero. Como dice Will Smith —en En busca de la felicidad—, yo de niño soñaba con convertirme en esto y aquello, pero llegué a la edad adulta y nunca me convertí en nada.

Luego llegó la desgracia. Las catástrofes. Las tragedias. La muerte y la pérdida de mis seres queridos más cercanos. Los vicios, las adicciones: "El alcoholismo."

Comencé a vivir encerrado en mi propia matrix, en mi propio videojuego, en mi propia simulación. En esa realidad yo era el más triste, el más cobarde, el más solitario entre toda la humanidad.

Comencé a perder la ilusión de todo. Lo que antes para mí era belleza ahora era todo lo contrario. Es como un switch que se enciende y se apaga. Como en la película Over the Top, cuando Stallone gira su gorra para encender su fuerza al hacer las vencidas. Así era yo, pero a la inversa: creyendo que mi luz era mi oscuridad.

Un día decidí por fin pedir ayuda. Entré a rehabilitación y, paulatinamente, todo volvió a brillar. Sanó mi cuerpo. Se restauró mi corazón. Y así mi mente comenzó a visualizar la luz que estaba dormida, apagada, menospreciada.

Volví a escribir, a componer, a cantar… pero ahora desde una perspectiva más sabia, sin olvidar los puntos de conexión que miro desde lejos al voltear hacia atrás; y que me trajeron hasta este punto de inflexión. Como un parte aguas, como un salvoconducto, como una oportunidad; como gracia y misericordia divina.

Hoy sé que mi mundo me aplasta si pienso demasiado. Que soy víctima de mi propia mente, buscándome defectos durante su tiempo libre.

Como en el capítulo del Chavo del Ocho, donde se le aparece un ángel de un lado hablándole bondades y un diablo del otro hablándole maldades.

Por eso trato de no estar solo. De mantener mi mente ocupada. De no volver a caer en la trampa de mis propios pensamientos que me dicen que en mí debe de haber miedo, cuando en realidad debe de haber amor. El amor de Dios.

Aprendí que la causa de mis depresiones es precisamente esa: la soledad. Esa soledad es el único constante que se repite como un bucle y la principal responsable de hacerme incurrir, recaer y recurrir a los vicios.

La depresión, al final, no es tristeza: es el peor de los sentimientos… la desolación.

"No es libre quien no se domina a sí mismo." Epicteto, filósofo estoico

Escrito por Alejandro Yela para Misioneros del Cosmos Podcast.

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  || EL LEGADO DEL APELLIDO YELA EN GUATEMALADesde niño supe que mi apellido venía de lejos. No por vanidad ni por prete...
19/01/2026

|| EL LEGADO DEL APELLIDO YELA EN GUATEMALA

Desde niño supe que mi apellido venía de lejos. No por vanidad ni por pretensión, sino porque en Guatemala el nombre Yela siempre fue pronunciado con un respeto silencioso, como se nombran las cosas que no necesitan explicarse: la música que permanece, el arte que educa la mirada, la cultura que no hace ruido pero deja huella.

Un apellido no es una palabra cualquiera. Es una memoria comprimida. Es una sílaba cargada de siglos. En él viajan los pasos de quienes cruzaron mares, firmaron documentos, levantaron ciudades, tallaron imágenes, compusieron silencios. Yela no nació aquí, pero aquí echó raíces. Vino de España —de la Castilla antigua, de pueblos donde el nombre del lugar se volvía identidad— y atravesó el tiempo hasta encontrar suelo americano.

En la península ibérica, Yela fue apellido de casas solares, de linajes reconocidos, de hombres y mujeres inscritos en registros donde la palabra hidalguía no significaba riqueza, sino pertenencia y responsabilidad. Era el apellido de quienes sabían que portar un nombre era también sostener una conducta. No era un adorno: era un compromiso.

Luego vino el viaje inevitable. Como tantos apellidos españoles, Yela cruzó el océano con la historia a cuestas. Y en Guatemala no se diluyó: se transformó. Aquí el apellido se volvió trazo, color, sonido. Aquí dejó de ser solo herencia para convertirse en obra. La cultura lo adoptó y lo devolvió multiplicado.

Porque hay apellidos que se heredan por sangre, y otros que se confirman por vocación. El apellido Yela aprendió a hablar el lenguaje del arte, a decir lo indecible con formas, a nombrar lo sagrado con belleza. No es casualidad que, generación tras generación, haya sido asociado con sensibilidad, creación y pensamiento. Algunas familias transmiten tierras; otras transmiten mirada.

Investigar un apellido es, en el fondo, investigarse a uno mismo. No para sentirse superior, sino para comprender de dónde viene la forma en que uno siente, duda, cree y crea. Saber que un nombre tiene raíces antiguas no engrandece el ego: ensancha el alma. Nos recuerda que no comenzamos con nosotros, y que no terminamos en nosotros.

En tiempos donde todo se quiere inmediato y desechable, un apellido antiguo es una resistencia. Dice: no soy solo este instante. Dice: pertenezco a una historia que me antecede y me excede. Y en esa conciencia hay humildad, no orgullo. Hay gratitud, no soberbia.

Llevar el apellido Yela hoy no es cargar un título, sino custodiar una llama. Una llama artística, músical, cultural, ética y humana.
La Biblia dice en Proverbios 22:1 que es mejor el buen nombre que las muchas riquezas, y ese es un código de honor que los de apellido Yela hemos adoptamos muy bien. Porque el verdadero linaje no se mide por riquezas, escudos ni documentos, sino por lo que cada generación añade —o traiciona— a la herencia recibida.

Al final, un apellido no se honra repitiéndolo, sino viviéndolo.

Y tal vez por eso, al pronunciar Yela, todavía resuena algo más que un nombre: resuena una historia que sigue escribiéndose.

"La tradición no consiste en conservar las cenizas, sino en mantener viva la llama." — Gustav Mahler

Escrito por Alejandro Yela para Misioneros del cosmos Podcast.

















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