31/03/2026
|| ADIÓS AMIGO JOSÉ DOMINGO
Hoy recordé un refrán que escuché casi al pasar, como quien oye algo cotidiano sin saber que le cambiará el día: “Todo acaba por servir, y todo por servir se acaba.” Nunca lo había sentido tan real… ni tan doloroso.
Lo recordé porque mi mejor amigo, José Domingo —“el chino”, como le decíamos con cariño—, ya no está. Murió de forma repentina. Durante un procedimiento médico que lamentablemente se complicó.
Y desde entonces, ese refrán dejó de ser una simple frase popular para convertirse en una pregunta abierta, incómoda, casi espiritual:
¿Eso es todo? ¿Ese es el final de quien vive sirviendo?
José Domingo fue de esas personas que no hacen ruido, pero sostienen vidas.
En la última década de su vida sirvió a Dios con una entrega que no se improvisa. No fue apariencia, no fue discurso. Fue presencia. Estuvo ahí cuando se le necesitaba, dio consejos cuando alguien estaba perdido, extendió la mano incluso desde su propio bolsillo cuando otros no podían más. Tocó muchas almas.
Y dejó algo que no todos logran dejar: un buen recuerdo… y un buen legado.
Pero hay algo que ahora, en su ausencia, pesa más que todos esos recuerdos: Nadie sabe cómo estaba él por dentro. ¿Era grave su padecimiento? ¿Se sentiría mal repentinamente? ¿Llevaba su proceso en silencio?
Porque hay una verdad silenciosa que rara vez se dice en voz alta: los que más sirven… muchas veces son los que menos muestran sus propias heridas.
Son refugio para otros, pero no siempre tienen dónde refugiarse. Son luz para muchos, pero nadie se pregunta si esa luz también se está consumiendo.
Ese es el punto donde el refrán se vuelve incómodo.
Porque es así, todo lo que sirve se desgasta.
Un cuerpo, una mente, un corazón. Pero cuando llevamos esa idea a la vida de una persona, corremos el riesgo de reducirla a una función: servir… hasta acabarse.
Y José Domingo no fue una herramienta. Fue un ser humano.
Con cansancios que quizás nunca dijo. Con batallas que probablemente peleó en silencio. Con necesidades que tal vez no supo cómo expresar… o que nadie supo cómo ver.
Y ahí es donde nace la pregunta que más duele: ¿Estuve yo para él como él estuvo para mí?
Es una pregunta que llega tarde, como casi todas las preguntas importantes en la vida.
Y no viene con respuesta clara, sino con una sensación profunda de haber querido hacer más… de haber querido ver más.
Pero también hay que decir algo con honestidad:
El amor no siempre sabe cómo hacerlo mejor. Hace lo que puede con lo que tiene. Y dentro de todo eso, yo estuve. No perfecto, no siempre, no como ahora me gustaría haber estado… pero estuve. Y eso también es verdad.
Quizá el error no está en servir… sino en olvidar que incluso los que sirven necesitan ser cuidados. Porque hay personas que parecen fuertes no porque no necesiten ayuda, sino porque nunca aprendieron a pedirla. Y nosotros, desde afuera, confundimos su fortaleza con autosuficiencia.
Hoy entiendo que ese refrán, aunque sabio, está incompleto. Porque no todo el que se desgasta sirviendo termina sin servir. Hay vidas que, aun después de apagarse, siguen dando luz.
José Domingo sigue sirviendo. Sigue vivo en los consejos que dejó, en las personas que ayudó, en las decisiones que influyó, en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de conocerlo.
Sigue presente… incluso en este dolor.
Tal vez la verdadera enseñanza no es que todo se acaba al servir. Tal vez es otra: Que debemos aprender a mirar más allá de la superficie. A no dar por sentado a quienes siempre están. A preguntar, a escuchar, a acompañar… incluso a los que parecen no necesitarlo.
Porque a veces, los pilares también se agrietan. Y nadie lo nota… hasta que es demasiado tarde.
Hoy no tengo todas las respuestas. Solo tengo recuerdos, preguntas… y gratitud.
Gratitud por haber tenido un amigo que supo estar. Y una convicción que nace del dolor, pero que quiere convertirse en algo más.
Hay vidas que no se miden por cuánto duraron… sino por a quién alcanzaron antes de partir. Y José Domingo a mí me alcanzó, me ayudó, me aconsejó, me apoyó, y estuvo conmigo en las buenas y en las malas hasta su final.
Que su vida no sea solo un recuerdo… sino una enseñanza viva. José Domingo sirvió a su prójimo, sí. Pero más que eso… amó a su prójimo. Y quizá ahí está la diferencia que cambia todo.
“Nadie tiene mayor amor que este: que uno ponga su vida por sus amigos.” — Juan 15:13
Escrito por Alejandro Yela para Misioneros del Cosmos Podcast.