1º DE MAYO DE 1997.-
Dejando atrás, Tambo, tractores, silos y rollos de alfa, con el zumbido de las colmenas que quedaban y las pocas monedas que nos acompañaban, decidimos trabajar para la pequeña familia que habíamos formado allí, en los montes, cerca de aquel pueblo de Córdoba, siempre presente: “San Antonio de Litín”. Dónde a pesar de vivir sin las comodidades de la luz eléctrica, el
agua potable y demás detalles que parecen increíbles en pleno siglo 21, éramos o mejor dicho procurábamos, ser felices viendo crecer a nuestras pequeñas hijas. Hubo valor para tomar la decisión, coraje para enfrentar a los patriarcas de la empresa familiar de la que nos separábamos sin pedir nada a cambio, sólo queríamos respeto y dignidad, virtudes que el trabajo perseverante y paciente sabe lograr. Llegamos a nuestra Rosario natal, en una fecha muy particular, casualidad irónica del destino que siempre supimos construir, con errores y aciertos, pero con mucha fuerza y voluntad de hacer las cosas lo mejor posible. Sin establecernos, la primera semana pasó como una película que nos recordaba en todo momento a lo que habíamos renunciado, pero a su vez abriéndonos las puertas al desafío que prudentemente enfrentábamos, el de comenzar de cero, por y para nosotros con el único capital que disponíamos: nuestras siempre presente ganas de trabajar…
Nos sorprendió la segunda semana aún sin conseguir un jornal estable y seguro, así que sin perder más tiempo comenzamos a hornear alfajores y masas secas que venderíamos puerta a puerta. Así a mediados de la tercera semana de aquel inolvidable 1º de mayo estábamos levantando una persiana por momentos prestadas de Tito Gurrieri, que desinteresadamente nos cobijaba. Nacía “LA INDEPENDENCIA”, panadería del barrio Las Delicias que nos abrió las puertas de sus casas, de sus hogares y de cada familia; éramos bien recibidos, estaremos eternamente agradecidos…
Adrián y Claudia
“LA INDEPENDENCIA” debe su nombre al valor y coraje de vivir y trabajar libremente tomando sus propias decisiones.