17/10/2014
DOLCE FAR NIENTE
No significa literalmente, no hacer nada, sino disfrutar de no trabajar, y compartir placenteros momentos con amigos, deleitarse con una rica comida o de vivir gratas situaciones.
Aunque creamos que no es necesario tomarnos esa pausa para “ese dulce no hacer nada”, estamos equivocados, es parte del diario vivir, de ese poder compartir los hermosos momentos de la vida que se componen de un cúmulo de situaciones. De estas pausas recuperamos tantos momentos perdidos, olvidados, dejados de lado por ese intenso correr sin freno.
Este dicho nos permite hallarnos con nuestros rasgos latinos, con los verdaderos sabores de la vida, del espíritu y el amor, pues el hombre es una conjunción cuerpo y alma indivisible.
Y quizás no significa literalmente “no hacer nada”, sino no hacer nada que lo que solemos hacer en esa rutina inmensa que significa un montón de horas sin podernos tomar un descanso. Probablemente, el hacer una pausa que no estamos acostumbrados a hacer, el detenernos a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, de tal modo que formen parte de ese “dolce far niente”, de ese mirar un cielo despejado, el horizonte, el atardecer, una noche de estrellas, o escuchar tranquilos algo de música, o detenernos frente a una estufa de leña a sentir crujir las leñas, y quedar absortos mirando el fuego sin pensar en nada.
Precisamente, esa pausa con la holgazanería como sería la traducción literal no implica tirarnos al abandono para que la vida se nos caiga a pedazos, sino buscar esos momentos que son imprescindibles para el encuentro con uno mismo, con nuestras ideas, con nuestros pensamientos más íntimos, los cuales quedan sepultados por diferentes motivos, pero el peor de todos por no querer asumir lo que realmente nos sucede.
Los griegos en la antigüedad interpretaban el ocio como “un impulso dominado por la meditación y la reflexión”.
Y en nuestros días, en la vorágine del siglo XXI es necesario tiempo para relajarnos, descansar, pensar, reflexionar, de modo de ver lo que nos circunda con perspectiva, con calma y poder entonces discernir ¿en dónde estamos y hacia dónde vamos?, y aunque parecen preguntas muy sencillas de responder, encierran una gran complejidad.
Aunque existe un refrán que dice que “el ocio es el padre de todos los vicios”, por supuesto entendido desde el no hacer absolutamente nada en ningún momento de nuestra vida es verídico, pero si somos personas trabajadoras, cumplidoras de nuestros deberes y obligaciones, también es importante un merecido descanso o pausa. Y en tal sentido Li Tai Pei señala que si pierde su tiempo es para que florezca, porque desde el relax, la pausa, surgen ideas nuevas, cuerpos y mentes cargados de dinamismo y energía para emprender nuevas situaciones o retomar las que estábamos haciendo pero con muchas ganas.
Y el ocio es una necesidad humana, esa instancia que precisamos para descansar de nuestras tareas habituales, de nuestra rutina. Y es que la rutina es sistemática, agobiante, termina por cansarnos y aburrirnos. Aunque muchas veces cabe preguntarnos ¿por qué tanta gente vive aburrida, sin ánimo, sin energía?
La diversión es uno de los objetivos del ocio, pero no significa sólo entretenimiento, sino dar la posibilidad a nuestro cuerpo y mente de descubrir materias primas para ocuparse y crecer.
Y la imposibilidad de tiempo de ocio significativa conlleva a desarrollar la ansiedad, a través de la cual tienen cabida la aparición de numerosas patologías. En estas últimas décadas como consecuencia de ella, mucha gente sufre de depresión, ataques de pánico, déficit en la atención, hiperactividad, compulsión al trabajo, o patologías en la alimentación.
Pero lo que hagamos de nuestro tiempo depende exclusivamente de cada uno de nosotros. Si bien tenemos múltiples actividades que desempeñar y cumplir, el modo con que las encaremos hará las tareas más simples, dinámicas y llevaderas. De este modo, al encararlas con entusiasmo y alegría alcanzaremos más rápido el tiempo de ocio.
Finalmente, más allá de estas respuestas sumamente personales, es importante rescatar ese tiempo de descanso, y para eso es primordial no olvidar la frase de Bertrand Russell, que expresa que “el sabio uso del ocio es un producto de la civilización y de la educación”.