23/06/2026
Soltar mis pinceles viejos. Dejarlos ir con las cerdas desgastadas, cubiertos de manchas de pintura que, con el tiempo, habían formado nuevos patrones. Eran, en sí mismos, una obra.
Me detuve a pensar que ya los había dejado en dos países distintos, junto a dos versiones de mí que ahora apenas logro distinguir.
Sostengo el recuerdo y el anhelo de que, algún día, mis trazos permanezcan en otras manos.
También pienso en la mariposa. Aquella monarca que me visitaba cada mañana, fiel, mientras yo sostenía una taza de café. Pasaba una vez y luego otra, como si quisiera asegurarse de que la hubiera visto.
Muchas veces me reconocí en ella. Otros días, su presencia me dio certeza.
Cómo la extraño.
Desde que llegué a Madrid, hace casi ocho meses, no había vuelto a verla. Llegué a pensar que la había perdido para siempre, igual que a mis pinceles.
Será que he llegado a esa edad en la que una habla con las mariposas e idealiza los mejores tiempos? En qué momento comencé a perderme en el pasado?
Una mañana caminaba por las calles de Malasaña. Era uno de esos días en los que el sol te besa, pero no te quema. Llevaba un café en la mano, servido en un vaso desechable, y pensé en mis tazas preferidas, todavía en Texas.
Al parecer, no había salido ilesa de la nostalgia.
Entonces la vi.
Ahí estaba la monarca.
Entre todas las especies posibles, como podía ser precisamente ella?
Tome café en mi nuevo patio: Madrid.
La mariposa me acompañó a la ida y también al regreso, como una vieja amiga que hubiera cruzado el océano para recordarme que todavía sabía dónde encontrarme.
Gracias a mis nuevos pinceles y a los recipientes que encontré por un euro en un mercadillo.
Gracias, fiel amiga, por ser espejo.
Gracias, Malasaña, por ser mi galería, mi refugio, mi mapa sin rumbo.